Persecución

Al momento en que atropelló al segundo peatón, ya pudo oír las sirenas que desde lo lejos se aproximaban. Aceleró aún más. La amplia avenida se abría delante de él; a sus lados las torres de edificios eran destellos que se sucedían unos a otros. En el retrovisor ya pudo divisar las patrullas que lo perseguían. La siguiente intersección estaba próxima y el semáforo se mantenía en rojo.

El muchacho apretó fuertemente las manos: notó que estaban sudadas. Gritó, esperando que nadie se cruzara.

No tuvo suerte.

El estruendo fue ensordecedor y el carro golpeó de lleno con el autobús. El Lexus rojo estaba deshecho, pero él aunque se encontraba gravemente herido había logrado sobrevivir. Los agentes policiales ya estaban sobre él y empezaron a dispararle. Repasó rápidamente sus opciones: las vías de escape estaban ya cerradas y no habían coches cerca que pudiera secuestrar. “La mierda –se dijo–. No he llegado hasta aquí para morir como un maricón. Cargó su ametralladora y se dispuso a bajar, decidido a matar a todos o a morir en el intento. Abrió la puerta y saltó a la calle.

Antes que pudiera dar el primer disparo la pantalla quedó en negro. “¡Puta madre! –berreó el joven–. ¡Malditos apagones!”. Dejó el control sobre la cama, tomó el libro que había dejado sobre ella y empezó a estudiar.



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EL JUEGO

Para Andrés y Azael.

En esta noche oscura Galabad regresa a su guarida. Llueve estrepitosamente y la tierra se convierte en lodazal. Aunque sus patas se entierran en el lodo, avanza raudamente. Mira hacia el cielo y sólo alcanza a ver dos lunas. Justo en medio de ellas divisa a Alfa Centauri. Ahora sabe que únicamente quedan tres kloghs de recorrido. En su lomo lleva cargado el shinat que cazó para alimentar a su clan. “Cada vez se vuelve más difícil atrapar uno”, piensa. “Qué será de mí el día que ya no sirva para esto”.

Ya puede ver la colina donde Zhazid lo espera. Abajo se encuentra con Domdot, su mejor amigo desde el gurtentak.

– ¡Galabad, mi foggy! –le grita Domdot al verlo-. ¿Te ayudo con eso?

– No es necesario -responde-. ¿Dónde está Zhazid?

– Arriba con las demás. ¿Jugamos hoy?

– Luego.

Galabad sube hacia su hogar, besa a Zhazid y a sus críos, y se va a lavar para la cena. Luego de comer, las hembras se reúnen en la cocina donde conversan mientras lavan los utensilios. Los machos pasan a la sala y preparan el juego. Ellos no comprenden cómo pueden ellas divertirse simplemente hablando toda la noche. En cambio, las hembras no entienden qué ven ellos de fascinante en un juego en el que pretenden ser criaturas imaginarias, bípedas y lampiñas, encerradas en albergues de piedra lisa y paredes transparentes, realizando trabajos monótonos frente a un aparato luminoso y con nombres tan ridículos como Manuel o Miguel.

Guayaquil, 31 de octubre de 2009

Divagaciones temporales

Aunque el reloj marcaba las ocho y treinta en realidad eran las ocho solamente. Curiosa la manera en que hemos confiado nuestras vidas a estos aparatos mecánicos inconscientes de sus propios actos. Vemos un reloj y pensamos “Oh, estoy tarde”, sin tomar en consideración que cada reloj es un mundo en sí, y que lo que para uno pueda resultar tarde, para otro no tanto.

Yendo al norte tomé la avenida Quito a la altura del Centro Cívico. A esa hora ya no encontré tráfico, por lo que estuve en casa en unos treinta minutos.

Subí las escaleras y entré a mi cuarto. Casi me desmayo al encontrar a mi hija adolescente desnuda, revolcándose en mi cama con el muchacho ese, Vargas. El susto fue mayor para él: al verme, Vargas saltó de la cama y, como en un acto circense, en lo que habrán sido seis centésimas de segundo, ya se encontraba de pie con la almohada cubriendo sus partes. Por unos pocos segundos nos quedamos todos sin reacción. Sentí cómo mi médula espinal envío la señal inmediata hacia las glándulas suprarrenales; éstas en milésimas segregaron adrenalina al flujo sanguíneo, lo cual hizo que sin pensarlo gritara: “¡¿Qué carajo crees que estás haciendo?!”. Por supuesto que sabía lo que estaban haciendo, pero el sistema nervioso autónomo tiende a ser más primitivo de lo que uno se imagina. Ella se mantuvo impávida y con voz calmada me recriminó: “Se suponía que no volverías hasta las nueve”. Miré el reloj de mi habitación y comprobé la hora. Tuve que darle la razón.


Guayaquil, 14 de noviembre del 2009.