EL JUEGO

Para Andrés y Azael.

En esta noche oscura Galabad regresa a su guarida. Llueve estrepitosamente y la tierra se convierte en lodazal. Aunque sus patas se entierran en el lodo, avanza raudamente. Mira hacia el cielo y sólo alcanza a ver dos lunas. Justo en medio de ellas divisa a Alfa Centauri. Ahora sabe que únicamente quedan tres kloghs de recorrido. En su lomo lleva cargado el shinat que cazó para alimentar a su clan. “Cada vez se vuelve más difícil atrapar uno”, piensa. “Qué será de mí el día que ya no sirva para esto”.

Ya puede ver la colina donde Zhazid lo espera. Abajo se encuentra con Domdot, su mejor amigo desde el gurtentak.

– ¡Galabad, mi foggy! –le grita Domdot al verlo-. ¿Te ayudo con eso?

– No es necesario -responde-. ¿Dónde está Zhazid?

– Arriba con las demás. ¿Jugamos hoy?

– Luego.

Galabad sube hacia su hogar, besa a Zhazid y a sus críos, y se va a lavar para la cena. Luego de comer, las hembras se reúnen en la cocina donde conversan mientras lavan los utensilios. Los machos pasan a la sala y preparan el juego. Ellos no comprenden cómo pueden ellas divertirse simplemente hablando toda la noche. En cambio, las hembras no entienden qué ven ellos de fascinante en un juego en el que pretenden ser criaturas imaginarias, bípedas y lampiñas, encerradas en albergues de piedra lisa y paredes transparentes, realizando trabajos monótonos frente a un aparato luminoso y con nombres tan ridículos como Manuel o Miguel.

Guayaquil, 31 de octubre de 2009

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